jueves, 20 de enero de 2011

Ética del nuevo milenio

Ética del nuevo milenio: justa medida y cuidado esencial

Leonardo Boff*

¿Por quíén doblan las campanas?
Doblan por el sistema mundial,
hoy arrogantemente victorioso, pero
enfermo de muerte. Estamos ya
en el fin de un tipo de mundo.
La humanidad que sobreviva tendrá una nueva ética.
Cuando un árbol ha realizado sus virtualidades intrínsecas, se dice que alcanzó el clímax. Muere y cae. Cuando una persona ha consumido su capital energético, envejece y muere.

Cuando en los próximos diez billones de años el sol haya agotado su almacén de hidrógeno y a continuación el de helio, morirá como estrella brillante. Se transformará lentamente en una mancha blanca y, finalmente, en un agujero negro. Morirá arrastrando consigo, mucho antes, todo el sistema solar y nuestro planeta Tierra.

El universo entero, cada uno de los seres, especialmente los orgánicos, caen bajo la ley de la entropía. Poseen virtualidades limitadas. Un día desaparecerán.

¿No ocurre lo mismo con los sistemas sociales? ¿No estará nuestro sistema de convivencia vaciado en sus virtualidades y en camino de disolución? Sin lugar a dudas, se encuentra en una profunda crisis. ¿Es una crisis estructural que, superada, va a permitir la inauguración de una nueva era de prosperidad? ¿Es una crisis estructural que prepara su desenlace final como un enfermo en la unidad de cuidados intensivos?

Asumo la hipótesis de que estamos en el corazón de una crisis estructural y terminal. Es estructural por afecta a todas las instancias, como una bacteria que se apodera de todo el organismo y produce la septicemia y consiguientemente la muerte.

Es Terminal porque representa el agotamiento del paradigma, es decir, de las energías, de los sueños y de las estrategias capaces de equilibrar las contradicciones del propio sistema. Es un caminar hacia la muerte. ¿Es el fin del mundo? Sí y no, Sí, porque representa el fin de este tipo de mundo. No, porque el mundo continuará.

El fin propiciará la oportunidad para el surgir de un nuevo mundo. Es decir, de un nuevo modelo de civilización, capaz de crear un nuevo sentido de vida para las personas y un nuevo horizonte de esperanza para los pueblos y la humanidad.

Esta doble perspectiva de muerte y de vida está presente en la palabra crisis en su sentido originario sánscrito. Crisis viene de kir o kri, que significa limpiar y purificar. De ahí se deriva la palabra crisol, elemento químico purificador del oro y otros metales.
Por lo que acrisolar quiere decir purificar y depurar. Todo proceso de purificación implica muerte y renacimiento. Muerte de las gangas, de lo agregado y de lo contingente, renacimiento de lo nuclear, de la esencia y de lo necesario. Lo que pasa por el crisol de la crisis permanece y tiene virtualidades para fundar un nuevo futuro.
Es la catarsis que vivimos hoy.

Dos crisis morales

Hay dos crisis producidas por el propio sistema de convivencia vigente, insolubles con los recursos que le son intrínsecos: la crisis social y la crisis ecológica.

La crisis social opone a ricos y pobres como nunca antes en la historia de la humanidad. El proceso productivo, con la utilización de las tecnologías de automatización, consigue producir bienes y servicios con extrema rapidez y en escala creciente. Sin embargo, los bienes producidos se los apropian exclusivamente pequeñas elites de ciertos países o clases sociales dentro de los países dependientes y pobres. Esta lógica representa una inconmensurable injusticia y el ahondamiento del foso entre los que tienen y los que no tienen.

Existe el riesgo real de que ocurra una bifurcación en la humanidad. Por un lado, los que se aprovechan de los avances de la biotecnología y viven 120-130 años rodeados de todos los bienes. Y por otro, las grandes mayorías condenadas a penar bajo todo tipo de carencias y a morir como siempre murieron, antes de tiempo.

La gravedad no reside tanto en el abismo perverso entre unos y otros, cuando en la falta de sensibilidad humanitaria. Es parquísimo el sentido de solidaridad y corresponsabilidad para con los prójimos y semejantes. Pertenece a la lógica del sistema privilegiar al individuo e imponer un régimen de apropiación privada de los bienes producidos por el trabajo de todos. Tal lógica crea inevitablemente desigualdades: acumulación de un lado y pobreza del otro.

Se pasa hoy de la dependencia a la exclusión. Se prescinde de los dependientes, condenados a ser tenidos y tratados como ceros económicos y sociales. ¿Hasta cuándo aceptarán el veredicto de muerte que pesa sobre ellos? No pueden descartarse enfrentamientos entre el Norte y el Sur, entre los que están dentro y los que están fuera del sistema imperante, con violencias y devastaciones como jamás se vieron antes en la historia humana.

La segunda crisis es la ecológica. El sistema es consumista y depredador. Favorece el máximo consumo de todos los bienes naturales y culturales. En razón de esto, somete todos los recursos ilimitados de la naturaleza y de la cultura a un sistemático proceso de depredación. El efecto final es la degradación de la calidad de vida para los humanos y para los demás seres de la comunidad biótica.

Se ha montado una máquina de envenenamiento, destrucción y muerto de los aires, de los suelos y de las aguas, de los organismos vivos, de los ecosistemas y del planeta Tierra. ¿Cuánta violencia aguanta ya la Tierra en su sistema de equilibrio dinámico? ¿Cuál es el límite de su sustentabilidad que, una vez roto, puede traer consecuencias funestas para la biosfera?

Después de ser homicida y etnocida, el ser humano puede revelarse también ecocida y biocida. El actual sistema es como un lobo, cuya naturaleza intrínseca es ser devorador de las ovejas. De nada vale hacerle consideraciones de misericordia o limarle los dientes. La voracidad le es intrínseca y nada la detendrá.

Así es el sistema actual de convivencia, implantado en los últimos cinco siglos en toda la humanidad y hoy mundialmente integrado. No posee valores internos capaces de torcer el rumbo de su curso, ni siquiera de limitar sus efects inicuos no desados.

Caminamos hacia un abismo

En los próximos años estas dos crisis llegarán a colocar al sistema global en jaque. Vamos al encuentro de lo peor. Es como un avión en la pista de rodaje. Al ultrapasar el punto crítico no podrá ya ser frenado. No levantará vuelo irá a estrellarse en las piedras o al final de la pista. Actualmente continuamos sonrientes ante nuestra joven ciencia en la larga autopista de la historia, sin darnos cuenta de que allá al frente nos espera el fin de la línea o el abismo.

Hay señales. Oímos doblar las campanas. Doblan por el sistema mundial hoy arrogantemente victorioso y enajenado por la gravedad de la enfermedad que lo posee y que le llevará a la muerte.

La muerte podrá venir de las dos crisis apuntadas. Hay grandes probabilidades de que provenga de la ruptura del sistema económico financiero mundial sobre el cual se sustentan las sociedades actuales. Llegará a tiempo, mas cuando venga ya será tarde.

Se verá entonces el desfase entre el capital productivo –cerca de trieinta y cinco billones de dólares- y el capital especulativo –entre ochenta y cien billones, nadie lo sabe a ciencia cierta. El capital especulativo es simple papel y puro simulacro.

En una crisis mayor se deshará como una burbuja en el aire. Y se llevará, de rechazo, a millones de personas que, sin ninguna sustentabilidad, perecerán como moscas, en tanto que otros se refugiarán y sobrevivirán en oasis preservados, en donde envidiarán a los que murieron antes que ellos.

También la crisis depuradora podrá venir del campo de la ecología.

No resulta imposible ni improbable que se rompa algún eslabón importante del equilibrio sistémico del planeta Tierra, como por ejemplo el régimen de los climas, de las estaciones, del agua potable.

Podrá venir la crisis de una contaminación pavorosa de los desechos radiactivos, de la disminución irrefrenable de la fertilidad humana –como está ocurriendo en Europa central- de la irrupción de alguna bacteria asesina que diezmará de forma galopante a millones y millones de seres vivos, entre ellos a los humanos, poniendo en riesgo la aventura de la especie Homo Sapiens (y Demens) si no en su totalidad por lo menos en su gran mayoría.

No es del todo evitable la caída de algún meteorito rasante, como tantas veces ocurrió en la historia de la Tierra, como el que destruyó gran parte de la biosfera y a todos los dinosaurios hace sesenta y siete millones de años. La capacidad técnica de captar la proximidad de un meteorito destructor es todavía rudimentaria.

Avergonzados de nosotros mismos

Conclusión: ¿desolación por la tribulación? Nuevamente sí y no.

Sí porque la globalización especialmente bajo su expresión económica, competitiva y no cooperativa, muestra las interdependencias de todos con todos, revelando la incapacidad sistémica de resolver los problemas colectivos de la humanidad y de impedir el cataclismo inminente.

No porque, en caso de que ocurriera este cataclismo se abre un espacio para una nueva recomposición de la Tierra y de lo que haya sobrevivido de sus tribus. Habrá un nuevo tipo de civilización más benevolente para la vida, más integradora de las diferencias, más espiritual y más ecológica.

De todas formas, vamos al encuentro de un nuevo milenio avergonzados de nosotros mismos, de nuestra voluntad de sometimiento, de ataque y destrucción de los diferentes, como se ha comprobado en tantas guerras como las de Irak y Kosovo.

Avergonzados por la forma como tratamos a nuestros niños, millones de ellos en régimen de trabajo esclavo. Avergonzados por cómo tratamos a nuestros viejos, abandonados en filas interminables en los hospitales o en las cajas del seguro social. Y avergonzados por el modo como agredimos sistemáticamente la vida del planeta y al propio planeta, como si no fuese nuestra única casa común.

Nos encontramos en el momento de una travesía peligrosa de un Viernes Santo purificador. Pero no será el fin del mundo. Solamente será el fin de este tipo de mundo, agotado en su capacidad regeneradora y desprovisto de energía reproductora. Seguirá otro. ¿Cómo será? ¿Qué podrá crecer sobre sus ruinas?

Por sobre los pantanos oscuros crecen los lirios más blancos. Por sobre las ruinas de las antiguas ciudades mayas crecen los árboles más frondosos. Algo así ocurrirá con la civilización emergente.

Regresamos a la casa común

Caminamos rumbo a una sociedad mundial, la primera de la humanidad unificada. Todos venimos de un gran exilio, aislados en las culturas regionales y en los límites de estados-naciones. Lentamente estamos regresando a la casa común, la Tierra, y nos descubrimos como familia humana.

Pero este fenómeno, acuñado por Pierre Teilhard de Chardin como la emergencia de la noosfera –una única mente y un solo corazón, unidos en la diversidad- no ha entrado todavía en la conciencia colectiva.

Para llegar a este estado precisamos ultrapasar el paradigma civilizatorio vigente, que atomiza, divide y contrapone, y entrar en el nuevo horizonte de la física cuántica, de la nueva biología, de la cosmología, de la ecología. En una palabra, entrar en las ciencias de la Tierra, que relacionan, incluyen y componen todo con todo. Esta conciencia sólo será hegemónica a partir del desmontaje de lo viejo y de las instituciones que lo sustentan.

Entonces podrá surgir, por primera vez, el gestionamiento colectivo de la Tierra y la administración social de las demandas de los pueblos de la Tierra.

Después de la Primera Guerra Mundial (1914-18), surgió la Liga de las Naciones, el primer intento de pensar colectivamente los problemas políticos de la humanidad. Fracasó. La Segunda Guerra Mundial (1939-45), dio origen a la Organización de las Naciones Unidas. Perdura, tambaleante, hasta hoy, incapaz de afrontar los desafíos para los cuales fue creada.

Estamos convencidos de que después de la grande y catártica travesía que vendrá, surgirá seguramente una articulación de pueblos y civilizaciones más que de gobiernos. La República Mundial inaugurará el cuidado de la Tierra y con sus hijos e hijas administrará los recursos limitados para que atiendan mínimamente a todos los vivientes de hoy y a los que vendrán después de nosotros.

Descubriremos la Espiritualidad

El sufrimiento provado por el derrocamiento del antiguo sistema mundial convencerá a todos de que no se podrá construir un nuevo pacto mundial si éste está fundado sólo entre los humanos.

La Tierra, los ecosistemas y todos los seres deberán entrar en un pacto sociocósmico de sobrevivencia y de fraterna convivencia. Un pacto así no se sustentará apoyado en la cultura de un paradigma único, puramente racional y material.

El arcoiris, la señal de la alianza cósmica que Dios estableció entre todos los vivientes después de la devastación del diluvio, serivrá de referencia e inspiración común. Las diversidades coexistirán y convergerán en la busca del bien común de todos, y esto nos remitirá a una nueva sensibilidad, cuyas raíces se encuentran en la lógica del corazón y en el cuidado de los unos con los otros.

Esta sensibilidad dará origen a una profunda espiritualidad.
El ser humano descubrirá lo espiritual como dimensión objetiva del cosmos y de cada ser humano, como la dimensión de interioridad e historia inherente a cada ser, como la conciencia que se siente insertada en un todo mayor y percibe el hilo secreto que lo vincula todo, formando una inconmensurable unidad dinámica, diversa y convergente.

Ese hilo conductor vivo e irradiante será descifrado como Dios, que se revela en nuestro corazón como entusiasmo de vivir, de luchar, de crear y de plasmar la vida y la naturaleza, en un propósito de sabiduría, de amor y de belleza.

La ética de la justa medida

Esta óptica funda una nueva ética erigida sobre dos valores fundamentales, sin los cuales no se preservará ni la vida ni nuestro esplendoroso planeta azul-blanco: la justa medida y el cuidado esencial.

La justa medida garantizó que el cosmos y la vida llegaran hasta nosotros y hasta hoy. Las culturas sobreviven en la medida en que se rigen por ese principio llamado de norma áurea. Al abandonarlo, se desestructuran y mueren. Nuestra cultura es absolutamente sin medida en todos los campos. De ahí la proximidad de su disolución.
¿Qué es la justa medida? Es el equilibro entre lo más y lo menos.

Es lo óptimo relativo. Es la sabiduría de lidiar con los recursos limitados, naturales y culturales, de tal manera que puedan durar lo más posible o puedan regenerarse y reproducirse. La sustentabilidad de cada ser o de cualquier ecosistema depende de la justa medida.

Es ella la que hace frente a la ley inexorable de la entropía, del desgaste irrefrenable de todas las cosas. Sin la justa medida todo acaba antes y muere más pronto. Con la justa medida todo se prolonga y vive más largamente.

El primer pargo de la Constitución mundial comenzará con la proclamación solemne del principio sagrado de la justa medida.
¿No hicieron la misma cosa los griegos con su méden ágan (nada de exceso) o los romanos con su ne quid nimis (nada en demasía) o los chinos con su wwu-wei y ying-yang (la armonía perfecta)?

Sin la justa medida los recursos limitados del planeta no serán suficiente para todos, humanos y demás seres vivos de la naturaleza.

No se dirá: no consumirás, sino que se dirá; consume con responsabilidad, consume con sentido de reparto, consume con solidaridad. No se dirá: no muestres la violencia o la dimensión de sombras en el ser humano, sino que se dirá: muestro eso en la justa medida, muéstralo de forma constructiva, muestra lo patológico como patológico de forma que pueda ser equilibrado y curado por lo sano.

Sin la justa medida el planeta no aguantará el consumismo.

Sin la justa medida los pueblos de la Tierra no coexistirán en paz ni convergerán en la diversidad.

Sin la justa medida no se encontrará la síntesis creativa entre lo simbólico y lo diabólico presente en la historia de la humanidad y en el corazón de cada persona.

Sin la justa medida no encontraremos el equilibrio entre el vuelo hacia la cima en la dirección del Padre-Madre divimnos y la inmersión hacia abajo en la dirección de la construcción social del pan cotidiano. Solamente uniendo el Padrenuestro con el pan nuestro podremos decir un amén verdadero.

La ética del cuidado esencial

El segundo valor ético fundador de un futuro común para la Tierra y para la humanidad será el cuidado esencial. Cuidar significa entretejer una relación amorosa con la realidad y con cada ser de la creación. Es investir corazón, afecto y subjetividad de esta sensibilidad. Las cosas son más que cosas que podemos usar. Son valores que podemos apreciar, son símbolos que podemos descifrar.

Cuidar significa implicarse con las personas y las cosas, darles atención, colocarse junto a ellas, sentirlas dentro del corazón, entrar en comunión con ellas, valorarlas y comprenderlas en su interioridad. Todo lo que cuidamos es lo que amamos. Y todo lo que amamos lo cuidamos. Por el hecho de ligarnos afectivamente con las personas y las cosas nos preocupamos de ellas y sentimos responsabilidad por ellas.

Bien enseñaban los antiguos lo que fue repetido por uno de los mayores filósofos modernos, Martin Heidegger: la esencia del ser humano reside en el cuidado. Si el ser humano no demuestra cuidado desde su nacimiento hasta la muerte, se desestructurará, se debilitará y acabará muriendo. Más que pensar, amar y criar, el ser humano precisa saber cuidar, condición para todas sus demás expresiones.

El cuidado funda el ethos mínimo de la humanidad. El cuidado es la actitud ética adecuada para con la naturaleza y para con la morada comùn, la Tierra. El cuidado salvará el amor, la vida, la convivencia social y la Tierra. El nuevo milenio solamente será inaugurado cuando triunfe la ética del cuidado esencial.

Alrededor de los valores de la justa medida y del cuidado esencial se construirán los pactos sociales y ecológicos que asentarán en bases firmes la nueva sociedad mundial emergente.

Ahora, esta nueva sociedad está en dolores del parto, forcejeando por nacer en todo el mundo. Un poco más, no más un poco, nacerá llena de vida y de esperanza. Como el poeta Camoens decía. “Después de la procelosa tempestad / sombría noche y silbante viento / trae la mañana serena claridad / esperanza de puerto y salvación.
*Teólogo y escritor
brasileño. Revista Nueva
Tierra 45, diciembre
del 2000.

http://leonardoboff.com/


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